Viernes, 16 de diciembre de 2005
Hubo una época en la que creía que era mayor, aunque pronto vi que no lo era.
En la vida hay ocasiones en la que estás arriba y otras en las que estás abajo, así que un día pasé de ser de los mayores del colegio, a ser de los pequeños del instituto.
El primer día de instituto me dí de bruces con la realidad; era un mocoso en un mundo de hombres y mujeres (o eso fue lo que me parecieron los estudiantes de COU que como mucho tenían 18 años).
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Lunes, 19 de septiembre de 2005
Nunca fui buen estudiante, eso es un hecho, pero creo que no es por mala capacidad; en realidad me aburro. Cuando estaba en clase y todo el mundo atendía, yo también miraba con interés al profesor, pero sólo lo miraba; aunque en realidad estaba pensando en otras cosas, eso si nada que tuviera que ver con lo que estaban explicando.
No hay decir que esto me causó muchos problemas, ya que en muchas ocasiones me pillaron totalmente desprevenido.
(Prof.) -¡Carlos! ¿Qué estaba diciendo?
(Yo) -¿eh?... yo... esto...
(Prof.) -¡castigado!
Pero la peor cagada de todas fue un día en 8° curso. Yo era el primero de la lista de la clase B, y se habían empeñado en que nos sentáramos por orden de lista, que a su vez era orden alfabético. Mi pupitre estaba pegado a la puerta, el primero de todos, lo que me daba cierta ventaja para ver si por el pasillo se acercaba alguien.
Cuando había cambio de profesor y nos relajábamos, siempre podía ver con cierta antelación si venía alguien y avisar al resto, y esta táctica surtió efecto muchas veces.
Pero claro el tiempo me llevó a bajar la guardia, y aquel día me fié y me di la vuelta. Lo estábamos pasando de lo lindo, charlando y luego gritando, la clase era una auténtica fiesta, y me olvidé de la puerta; y entonces... ...el silencio -¿que pasa, que pasa?- dije, y me di cuenta que todos miraban a mi espalda. Una sensación de frío me recorrió la nuca mientras me daba la vuelta como en cámara lenta, no quería mirar, pero era inevitable; yo lo sabía, en algún momento vería la barriga del profesor de "sociales".
Deseaba que hubiera un terremoto, que un rayo me partiese, o que dijeran por megafonía que había una amenaza de bomba, pero no pasó nada de eso. El profesor se acercó a mí y levantó la mano, cerré los ojos instintivamente y me cayó un coscorrón.
En mi vida no he odiado mucho, de hecho mi forma de pensar me lleva a perdonar casi todo, pero cuando me acuerdo de ese profesor, pienso en que el dolor de la cabeza por el coscorrón pasó enseguida, pero que el dolor del corazón tardó en pasar.

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Miércoles, 14 de septiembre de 2005
Cuando llevas mucho tiempo en una situación por desagradable que sea, tiendes a acostumbrarte a ella. Así que cuando ya llevaba un par de años aquí, me encontraba como si nunca hubiera pertenecido a otro lugar.
En verano las fiestas de los pueblos eran muy numerosas, cualquier pequeña aldea tenía por lo menos un par de días de fiesta al año, y por supuesto, la de mis abuelos no iba a ser menos.
En las fiestas había orquestas, atracciones, y cómo no, bares; estos bares al aire libre los ponía la comisión de fiestas y con los beneficios y las aportaciones de los vecinos se pagaban las fiestas. Cuando las fiestas acababan, la comisión guardaba lo que sobraba para la siguiente fiesta, y así en el pequeño local anexo a la iglesia se iba acumulando un pequeño alijo de alcohol (en todas partes los curas se proveen bien de este elemento).
En aquel verano aún iba con frecuencia a casa de mis abuelos, y en la aldea conocí a un par de chavales. Si un adolescente puede causar problemas, estos se multiplican cuando los causantes son tres.
Cuando llegaba el otoño, ya nadie se acercaba por la tarde a la explanada de la iglesia, y podíamos jugar al fútbol o estar en ella sin que nadie nos molestara.
Una tarde se presentó en la explanada uno de los miembros de la comisión de fiestas con un amigo, yo no lo conocía, pero los que estaban conmigo sí. No eran más que dos jóvenes de apenas veinte años, pero en aquel momento me parecieron muy mayores.
Debían aburrirse mucho, porque enseguida estábamos todos dándole patadas al balón, y en eso estuvimos una buena parte de la tarde. Pero corno todo, el fútbol termina cansando (a mí de hecho me lleva aburriendo toda la vida), así que nos sentamos a descansar, apoyándonos en el lateral de la iglesia, muy cerca del anexo usado como almacén. El joven de la comisión de fiestas (no recuerdo su nombre, seguramente por lo que pasó) queriendo impresionarnos a los más pequeños, sacó unas llaves del bolsillo y nos preguntó si sabíamos de dónde eran. No lo sabíamos, pero por la sonrisilla de los mayores, sospechamos que no tardaríamos en saberlo.
Avanzó hacia el almacén de la iglesia, usó la llave y nos enseñó el "tesoro" que allí escondían los lugareños; cajas que eran mezclas heterogéneas de botellas de licores, vasos, platos, servilletas y lo que a mí me pareció verdaderamente interesante: una torre de cajas de refrescos de todo tipo. En un abrir y cerrar de ojos todos teníamos una bebida en la mano, los mayores de licor y los pequeños un refresco. Pero claro enseguida la fascinación por el tesoro decayó, y los mayores para sostener el ambiente de adulación hacia ellos por el regalo enseguida nos propusieron tomar "una copa".
Mi única experiencia con alcohol hasta ese día había sido un par de tragos furtivos a la cerveza de mi padre, pero no había pasado a mayores, así que en ese momento no sabía muy bien en qué me metía.
Nos miramos y nos pareció divertido (a esa edad todo te parece divertido), y nos dispusimos a probar el alcohol por primera vez, -si todo el mundo lo tomaba no podía ser tan malo ¿no?-. Pero en el último momento la conciencia del joven de la comisión se revolvió, y no nos dejó probar más que ponche. El remedio fue peor que la enfermedad, pues el ponche no tenía un sabor muy fuerte y si lo tuviese no seguiríamos bebiendo, así que lo hicimos con cierta satisfacción de poder aguantar el mal trago. ¿Mal trago? En ese momento no nos lo pareció y seguimos bebiendo hasta que nos quitaron la botella.
Era demasiado tarde: primero, la euforia, el balón volvió a rodar, lo mismo que nosotros: segundo, el ridículo, los mayores se dieron cuenta que iban a tener problemas por habernos dejado beber, así que desaparecieron después de cerrar el almacén. Y cuando nos cansamos de jugar y nos detuvimos, el mundo empezó a girar más fuerte, incluso cuando nos pegamos a la pared.
Nos fuimos cada uno a su casa, empezaba a anochecer, no éramos conscientes del estado en el que estábamos, pero cuando me separé de ellos y empecé a caminar cuesta abajo hacia la casa de mis abuelos me di cuenta que estaba muy mal, y lo que era peor que los demás lo iban a notar. Cuando llegué me llamaron para cenar, me senté pero apenas me entraba la comida; mi abuela se extrañó pero no pareció sospechar nada, pero mi tía si que sospechó y en cuanto se acercó a mi y me olió se dio cuenta al instante y me mando para la cama con un gesto de cabeza para que los abuelos no se dieran cuenta.
Pero se dieron cuenta, porque en la cama al cerrar los ojos me empezó a dar vueltas todo, la habitación, la lámpara, veía el balón, la iglesia, la botella de ponche y cuando el vértigo más se acentuaba y parecía que estaba en el programa de centrifugado de la lavadora me sobrevino una gran arcada y expulsé con fuerza todo el contenido del estómago.
Al día siguiente el olor a ponche seguía impregnando las paredes de mi habitación...
...y de mi conciencia.

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Domingo, 04 de septiembre de 2005
Para un niño es importante una bicicleta, pero para mí lo era aún más. No es por hacerme el interesante y lo explicaré.
Cuando vivíamos en Caracas teníamos un apartamento tan pequeño, que para poder abrir la nevera había que salir de la cocina. Bueno a lo mejor exagero, pero lo cierto es que era muy pequeño, sólo tenía una habitación, y viviendo cuatro personas en él, es comprensible que mis padres no me compraran una bicicleta hasta llegar a España. Lo primero que pensé al entrar en el piso de cuatro habitaciones y trastero que compraron mis padres aquí (debieron escoger el más grande que pudieron por la falta de metros cuadrados de años atrás), no fue que al fin tendría una habitación para mi sólo, sino que por fin podría tener una bicicleta.
Pero había un último obstáculo en mi carrera por la bicicleta: el parquet. Esas tabulas que se ponen en los suelos para que podamos pisarlas. Debían ser muy valiosas para mi madre, porque una de las razones que esgrimió para no tener la bicicleta en casa fue esa. Así que me tuve que contentar con tener la "bici" en casa de los abuelos, no era lo mismo, pero podía andar en ella los fines de semana cuando los iba a ver. Subía y bajaba, iba y venía, no paraba quieto ni un minuto, me estaba resarciendo de años de carencia de bicicleta.
No podía parar, era el amo de los caminos, del asfalto, de la hierba, me había envalentonado, mi orgullo había crecido en aquella bajada ampliada por las obras; al final de la cuesta se veía el montículo, no, el Teide, no, el Everest, y yo me acercaba veloz, cada vez pedaleaba más y más; lo sallaría, sí lo saltaría, volaría desde él hacia el olimpo de los ciclistas aficionados y caería suavemente sobre la carretera para seguir sin pedalear disfrutando de mi proeza hasta la casa de los abuelos.
Efectivamente seguí sin pedalear hasta la casa de los abuelos, porque de la leche que me pegué se dobló el manillar y no hubo manera de enderezarlo. El desastre se cebó en mí desde el primer contacto de la rueda delantera con el montículo de la obra. En ese momento por efecto de la inercia de mi cuerpo choqué con la entrepierna en la tuerca del manillar (yo creo que fue mi cíclope el que lo dobló), salí disparado hacia adelante por encima de la bicicleta a la que aún me aferraba, y aterricé con el pecho y la barriga en el suelo de tierra y grava. Y justo cuando creía que no me podía haber salido un salto peor, me cae la bici encima, equilibrando el dolor del pecho con el de la espalda.
Mientras volvía a casa lamiéndome las heridas de las manos, pensaba que ya era demasiado mayor para andar pedaleando.

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Viernes, 02 de septiembre de 2005
Esto es todo muy raro
Eso fue lo que me dije una y otra vez mientras iban pasando los meses desde que llegamos. No sólo el acento de las personas al hablar, que de eso ya hacía años que no me extrañaba (los viajes son toda una experiencia), sino de todo lo demás.
Cómo se puede decir que una cultura es hija de otra y ser tan diferente a la vez. En Caracas comía "pabellón" y aquí como cocido, allá jugaba al béisbol y aquí juego al fútbol.
Pero esas son cosas diferentes, lo peor eran las cosas iguales: "bluejeans" no, "vaqueros"; "traje de baño" no, "bañador"; "carro" no, "coche"; "ok" no, "vale", y así
hasta un millón de veces.
Supongo que las diferencias nos hacen únicos, y ser único es especial; pero cuando tienes doce años y eres único entre cuatrocientos niños, no te sientes muy especial.
Sólo en una ocasión las diferencias me parecieron maravillosas, pero fue durante una
fracción de segundo. Al poco de llegar, una niña de mi colegio me dijo: ¿quieres jugar a coger?, y yo mientras desdibujaba la inicial sonrisa libertina, respondí: ..."vale".

Por: Carlos | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Soy alguien normal que no destaca en nada y eso es lo que más me gusta de mi vida, que no es complicada. Pero de un tiempo a esta parte me cuesta recordar cosas del pasado, así que voy a escribirlo...
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